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2 de julio de 2010

Todo lo que está en el mundo pasa por el cuerpo

ENTREVISTA AL SOCIOLOGO Y ANTROPOLOGO DAVID LE BRETON
Lunes, 4 de mayo de 2009

El autor francés presentó su libro El sabor del mundo. Una antropología de los sentidos, donde profundiza su ponderado estudio de la corporalidad humana como fenómeno social y cultural. Su teoría le permite dar cuenta de la heterogeneidad de la sociedad actual.


El sociólogo y antropólogo francés ha venido a dictar un seminario intensivo de doctorado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, y mientras tanto aprovechó para presentar su libro El sabor del mundo. Una antropología de los sentidos en la Feria del Libro, dar una charla en la Manzana de las Luces y participar del coloquio internacional dedicado a la obra de Roger Caillois que recientemente organizó la Alianza Francesa y la Embajada de Francia en la Argentina.

El interés que ha suscitado su obra –al menos la que aquí ha sido traducida y publicada, que son siete libros de una extensa producción que incluye más de veinte– revela el creciente atractivo de un campo de estudio que hace dos décadas tenía pocos adeptos: la sociología del cuerpo. Porque Le Breton, de formación sociólogo y psicólogo, se dedica hace más de quince años a estudiar la corporalidad humana a la que entiende no como mera biología sino, por el contrario, como “fenómeno social y cultural, materia simbólica, objeto de representaciones y de imaginarios”. Para él no hay nada natural en el cuerpo: los gestos y posturas corporales, el modo en que cada uno ve, oye y percibe el mundo que lo rodea, las maneras en que se sufre y se goza, las formas de relacionarse y comunicarse con los otros, hasta las emociones y todo el conjunto de las expresiones corporales son modelados por el contexto social y cultural en el que cada actor se encuentra sumergido.

Así, Le Breton se ha encargado de estudiar las diferentes concepciones del cuerpo de la sociedad tradicional y la moderna, según múltiples puntos de vista: desde los ritos de interacción en distintas sociedades y épocas hasta los juegos de la seducción y los modos diferenciales en que el hombre y la mujer expresan sus sentimientos; desde las prácticas del piercing y del tatuaje hasta el arte contemporáneo que involucra al cuerpo como material estético; desde el cuerpo del discapacitado hasta los homogéneos cuerpos cinematográficos y televisivos; desde la bulimia y la anorexia hasta todo el conjunto de preocupaciones actuales por la belleza, la salud y la apariencia.

Todo un campo de estudio se le abre frente a sus ojos a partir de considerar al cuerpo como materia simbólica en lugar de pura biología. Antropología del cuerpo y Modernidad (Nueva Visión, 1995), el primero de sus libros publicado en la Argentina y el más conocido aquí, es para el autor una suerte de “caja de herramientas” que le ha permitido desarrollar el resto de su obra. Allí presenta en cada capítulo las temáticas que luego abordará en profundidad en posteriores libros: el estudio de los sentidos es desarrollado en El sabor del mundo... (Nueva Visión, 2007); de las emociones se ocupa en Las pasiones ordinarias. Antropología de las emociones (Nueva Visión, 2002); el dolor y el sufrimiento es objeto de análisis en Antropología del dolor (Seix Barral, 1998); la invención moderna del cuerpo en tanto objeto separado del ser que lo porta y la historia de la anatomía son trabajados en La chair au vif (En carne viva, aún no ha sido traducido); el tema del rostro y la máscara es estudiado en Des visages. Essai d’antropologie (Los rostros. Ensayo de antropología, tampoco ha sido traducido); mientras que los cuerpos de un mundo volcado cada vez más sobre la tecnología son analizados en Adiós al cuerpo. Una teoría del cuerpo en el extremo contemporáneo (Nueva Visión, 2002). Además, Le Breton ha publicado una breve, esquemática pero útil genealogía de las teorías que se han ocupado del cuerpo –La sociología del cuerpo (Nueva Visión, 2002)–, en donde recorre todas las corrientes sociológicas, filosóficas y antropológicas que histórica, implícita o explícitamente han abordado las lógicas sociales y culturales del cuerpo, los imaginarios en torno de él, el control político de la corporalidad (trabajado especialmente por Michel Foucault) o los vínculos entre el cuerpo y las clases sociales (tarea encarada principalmente por la sociología de Pierre Bourdieu a partir de su noción de habitus).


Lo cierto es que el abordaje de Le Breton está en los antípodas de la obra de Foucault, Bourdieu o de autores post-marxistas que han encarado el estudio del cuerpo a partir de su situación de clase. Le Breton desconfía de la microfísica del poder que supondría un control invisible y diseminado en todos los ámbitos de lo social de las acciones corporales; tampoco cree en la existencia de un habitus de clase (esas disposiciones que con el tiempo vamos adquiriendo a partir de la experiencia). Para una buena parte de la intelectualidad argentina, estas sospechas y descartes pueden resultar incómodos, teniendo en cuenta el arraigo que esos autores tienen todavía aquí. Pero Le Breton viene de otro palo académico. En estas dos semanas en Buenos Aires se ha ganado un público y molestado a otro para el que la experiencia humana sólo tiene sentido en términos de clase. Le Breton dice inscribirse en una corriente de pensamiento muy distinta, de tradición norteamericana: el interaccionismo simbólico, representado por el sociólogo Erving Goffman, considerado el padre de la microsociología. Porque a Le Breton le interesa estudiar individuos y no clases cerradas y homogéneas, y esta teoría le permite dar cuenta de la heterogeneidad del mundo social contemporáneo. Así lo expresó en una extensa y profunda charla con Página/12.

–¿Cómo comenzó a preocuparse por el cuerpo?

–Escribí sobre el cuerpo porque yo era un joven que se sentía mal en su propia piel. Estaba empezando a realizar mi tesis doctoral acerca de la construcción social y cultural del cuerpo cuando decidí partir a Brasil, con la voluntad de perderme, de desaparecer. Estuve allí durante meses, viajando a pie y en barco, atravesando todo el país, incluso el Amazonas, hasta que finalmente decidí volver a Francia para terminar mi tesis de sociología. Fue en esa época que empecé a escribir sobre las conductas de riesgo de los jóvenes y también acerca del cuerpo.

–¿En ese momento la sociología no prestaba atención al cuerpo?

–El cuerpo había sido objeto de análisis de Michel Foucault, pero desde un punto de vista más histórico. El etnólogo François Loux ya había trabajado sobre el cuerpo en la sociedad popular francesa, pero en general la investigación acerca del cuerpo no era valorizada en esa época. Para muchos de mis colegas el cuerpo no era más que una forma biológica sobre la cual no había nada que decir. Por supuesto que en Gran Bretaña y Estados Unidos había un cierto número de sociólogos y antropólogos que ya trabajaban este tema, pero eran los comienzos. Yo intenté aplicar los criterios de análisis de la antropología cultural a la cuestión del cuerpo.

–¿Cómo se aborda una antropología del cuerpo?

–Se trata de interrogarse. Doy un ejemplo: la cuestión de los colores. Podríamos pensar que para verlos se trata solamente de utilizar los ojos; pero en realidad un niño va aprendiendo progresivamente a reconocerlos. Primero aprende a reconocer el rostro de su madre, de su padre, de los objetos que le son próximos, luego el jardín y la calle y el mundo que lo rodea. Si su padre lo estimula a reconocer las formas de las aves, lo hará. Lo que significa que nuestra mirada está orientada, al igual que nuestro oído y nuestro gusto.

–Entonces no hay nada natural, todo es construido culturalmente...

–Exacto. Todo es construido culturalmente a través de la interacción de un niño con sus padres. Un niño que come siempre el mismo plato de arroz tendrá poco sentido del gusto. En cambio si una niña aprende a preparar y condimentar platos al lado de su madre será una gran cocinera, con un gran sentido del sabor.

–¿Esa es la tesis del libro que ha venido a presentar en la Feria del Libro?

–En El sabor del mundo... me dediqué a comprender cómo vivimos en el mundo, porque todo lo que está en él pasa por el cuerpo: debemos escuchar el mundo, tocarlo, olerlo, sentirlo. No hay mundo más que a través del cuerpo. Nos acercamos al mundo a través de la mediación de los sentidos. Y no sólo los cinco sentidos que conocemos, que son los que heredamos de la tradición griega, sino también otros sentidos. Porque hay otras sociedades humanas con otras percepciones sensoriales.

–¿Algo similar sucede con las emociones?

–En Las pasiones ordinarias... intento demostrar que todas las emociones provienen de la cultura. Quiere decir que hay una cultura afectiva dentro de la cual crecemos y dentro de la cual nos vamos a situar, con nuestros modos personales de ser, por supuesto, porque no somos clones ni robots. Siempre hay una variable personal en lo emocional, pero cuando pasamos de una cultura a otra vemos claramente cómo la cultura afectiva cambia, la manera en que los sujetos sentirán y demostrarán las emociones varía. Hay sociedades en las que los sujetos permanecen estoicos ante el dolor, porque la ritualización del dolor implica guardarse el sufrimiento para sí; y hay otras en las que las personas lloran, gimen, gritan ante el dolor.

–¿Y por qué el Adiós al cuerpo?

–¡No soy yo el que le digo adiós al cuerpo! En ese libro intento analizar el imaginario del cuerpo en el mundo de hoy, que considera que el cuerpo es insuficiente, imperfecto, que nos hace perder el tiempo; sobre él recae la muerte y la enfermedad, entonces se cree que si nos pudiéramos deshacer de él sería mejor. Se cree que la tecnología nos podrá liberar de la muerte, nos dará una juventud eterna, una creencia que reemplaza hoy a la que planteaba la existencia de un Dios y una eternidad en el paraíso. Intento comprender el porqué de esa exigencia de transformar el cuerpo en el mundo contemporáneo, por qué hay que hacer siempre régimen y deportes, por qué no tenemos más derecho a ser nosotros mismos y estar a gusto en nuestra piel.

–¿Cuáles son los problemas que esta creencia a favor de la tecnología nos traerá en el futuro?

–Veo una gran inequidad entre las sociedades más ricas y las más pobres. La tecnología del cyborg y la robotización se desarrollará entre los más ricos. Dentro de varios años asistiremos a esa fusión entre la tecnología y la carne, al desarrollo de la clonación, un mundo en el que elegiremos a nuestro hijo en una revista. Un mundo profundamente injusto, porque las tecnologías serán para los ricos y contribuirán a la inequidad.

La sociología del cuerpo


Le Breton, David. La sociología del cuerpo / David Le Breton. 1a. Buenos Aires : Nueva Visión, 2008.

Ubicación: Estante796.01 LEB

La sociología del cuerpo forma parte de la sociología cuyo campo de estudio es la corporeidad humana como fenómeno social y cultural, materia simbólica, objeto de representaciones y de imaginarios. Las acciones que tejen la trama de la vida cotidiana implican la intervención de la corporeidad. El cuerpo moldeado por el contexto social y cultural en el que se sumerge el actor es ese vector semántico por medio del cual se construye la evidencia de la relación con el mundo: las actividades perceptivas, la expresión de los sentimientos, las convenciones de los ritos de interacción, gestuales y expresivos, la puesta en escena de la apariencia, los juegos sutiles de seducción, las técnicas corporales, el entrenamiento físico, la relación con el sufrimiento y el dolor. La existencia es corporal.

El actor abraza físicamente el mundo y lo hace suyo al humanizarlo convirtiéndolo en un universo familiar y comprensible, cargado de sentidos y de valores, compartido con otros actores insertos, como él, en el mismo sistema de referencias culturales. Existir significa moverse en un espacio y en un tiempo, transformar el entorno gracias a una suma de gestos eficaces, clasificar y atribuir valor a los stimuli del entorno gracias a las actividades perceptivas, el diálogo, los gestos, los ademanes y un conjunto de rituales corporales que cuentan con la adhesión de los otros. A través de su corporeidad el hombre hace que su mundo sea la medida de su experiencia. Lo transforma en un ambiente familiar y coherente, disponible para su acción y permeable para su comprensión. El cuerpo es creador de sentido continuamente y de este modo el hombre se inserta activamente en un espacio social y cultural dado.

El aprendizaje de las modalidades corporales de la relación del individuo con el mundo no se detiene en la infancia, sino que continúa a lo largo de la vida según las transformaciones sociales y culturales que se presentan en el curso de la existencia.

Expresa Le Bretón el cuerpo aparece en el espejo de lo social como objeto concreto de investidura colectiva, como soporte de las escenificaciones y de las semiotizaciones, como motivo de distanciamiento o de distinción a través de las prácticas y de los discursos que provoca. En este contexto, el cuerpo puede no ser otra cosa que un medio de análisis privilegiado para poner en evidencia rasgos sociales cuya elucidación es de gran relevancia para el sociólogo como, por ejemplo, cuando quiere comprender fenómenos sociales contemporáneos.

La apariencia corporal responde a una escenificación de actor relacionada con la manera de presentarse y de representarse. Implica la vestimenta, la manera de peinarse y de prepara la cara, de cuidar el cuerpo, etc., es decir, un modo cotidiano de ponerse en juego socialmente, según las circunstancias, a través de un modo de mostrarse y de un estilo. El primer constituyente de la apariencia responde a modalidades simbólicas de organización según la pertenencia social y cultural del actor. Estas modalidades son provisorias, dependientes de los efectos de la moda. El segundo constituyente de la apariencia corresponde al aspecto físico del actor: talla, peso, cualidades estéticas, etc. Se trata de signos diseminados de la apariencia que fácilmente pueden convertirse en índices dispuestos para orientar la mirada del otro o para ser clasificado, sin que uno lo quiera, bajo determinada etiqueta moral o social. En la medida que esta práctica puede ser apreciada por testigos se transforma en un desafío social, en un medio deliberado de difundir una información sobre uno mismo. Por ejemplo, la relevancia del look en relación con la demanda laboral, administrado como recurso “capital-apariencia” para que el rendimiento sea mayor o para no quedar anulado por un desaliño demasiado importante. La puesta en escena de la apariencia deja librado al actor a la mirada evaluativa del otro, y al prejuicio que lo fija de entrada en una categoría social o moral por su aspecto o por un detalle de la vestimenta, también por la forma de su cuerpo o de su cara. Precisamente, los estereotipos se establecen sobre la base de apariencias físicas y se transforman en estigmas, en signos fatales de defectos morales o de pertenencia a una raza. El mercado renueva todo el tiempo los signos que apuntan al mantenimiento y a la valoración de la apariencia bajo los auspicios de la seducción o de la comunicación. Ropas, cosméticos, prácticas físicas son productos codiciados para proporcionar la apariencia que luego el actor social exhibe a modo de tarjeta de presentación “lo que permite que se vea de sí”. El cuerpo es objeto de una preocupación constante. El hombre alimenta con su cuerpo, percibido como su mejor valor, una relación maternal de cuidados, de la que extrae, al mismo tiempo un beneficio narcisista y social, pues sabe que a partir de él se establece el juicio de los demás.

La cuestión de poder, y especialmente de la acción política sobre la corporeidad con vistal al control de comportamiento del actor, fue un dato central de la reflexión de las ciencias sociales en los años setenta. La ley Neuwirth, de 1967, que legitimaba la contracepción, la ley Vel, que permitía el aborto, son sólo dos ejemplos de la sociedad francesa, como indicadores políticos de un cambio en las mentalidades y en las costumbres que se tradujo en la rebelión de la juventud, la liberación sexual, el feminismo, el izquierdismo, la crítica a los deportes que desplegó vigorosamente la revista Quel corps? Muchos enfoques críticos consagrados a la corporeidad, en sociología o en otros campos, toman dimensión política como centro organizador del análisis. Los trabajadores de Jean-Marie Brohm son ejemplares de este campo, intentan mostrar que toda política se impone por la violencia, la coerción y las restricciones sobre el cuerpo. Todo orden político se produciría conjuntamente con un orden corporal. El análisis finaliza con una requisitoria que se enfrenta a un sistema político identificado con el capitalismo, que impone su dominación moral y material a los usos sociales del cuerpo y favorece la alienación. Foucault comprueba que las sociedades occidentales inscriben a sus miembros en las mallas cerradas de una red de relaciones que controla sus movimientos. Estas funcionan como “sociedades disciplinares”. La disciplina dibuja un nuevo tipo de relación, un modo de ejercicio de poder, que atraviesa instituciones y las hace converger en un sistema de sumisión y de eficacia. Foucault desplazó los parámetros de análisis y atrajo la atención sobre las modalidades eficaces y difusas del poder cuando se ejerce sobre los cuerpos que están más allá de las instancias oficiales del Estado. La investidura política del cuerpo pertenece más bien a una forma de organización difusa que impone su marca sin que ésta esté necesariamente elaborada y sea un objeto discursivo. Construye un dispositivo que orienta los usos físicos requeridos, favorece el control del espacio y del tiempo, produce en el actor los signos de liberación que muestran su buena voluntad. El campo político que se esfuerza por organizar las modalidades corporales de acuerdo con las finalidades propias a una tecnología del cuerpo, una política del detalle, más que una confiscación sin mediación de un Estado, medio de dominación de las clases dominantes. La disciplina extiende difusamente su ejercicio a través del campo social, apoyándose en aparatos represivos. “El poder no es un privilegio que puede cambiar de manos como si fuera de instrumento, es un sistema de relaciones y de imposición de normas. “En suma hay que reconocer que un poder se ejerce más que se posee, que no es privilegio adquirido o conservado de una clase dominante, sino el efecto de conjunto de sus posiciones estratégicas”. Las disciplinas se instauran como fórmulas dominantes para producir la eficacia y la docilidad de los actores a través de un cuidado meticuloso de la organización de la corporeidad. Mejoramiento de la fuerza de rendimiento y trabas a las posibilidades personales de oponerse a ellas, restricciones suaves y eficaces de movimientos del espesor del cuerpo: éstas son las orientaciones cuyos efectos conjugados proporcionan un poder de acción y de control a las disciplinas. Foucault menciona esta “anatomía política del detalle” presente en el sistema penitenciario, y también en colegios, hospitales, ejércitos, talleres. El control de la actividad implica el control del empleo del tiempo, la elaboración gestual del acto que descompone a este último en sus elementos sucesivos, hasta proceder a la más estrecha correlación del cuerpo y del gesto para lograr un mejor rendimiento. EL modelo cuadrícula, que sirve para provocar la utilidad y la docilidad de los hombres a través del dominio de su corporeidad, encuentra en el panoptismo su figura ideal, que puede economizar la presencia de los individuos encargados de vigilar la buena marcha del dispositivo.

“El cuerpo es la objetivación más indiscutible del gusto de clase” P. Bourdieu

“Sería fácil mostrar, señala Bourdieu, que las diferentes clases no se ponen de acuerdo sobre cuáles son los beneficios que se esperan de la práctica del deporte, ya sea beneficios específicos propiamente corporales, cuya condición de reales o imaginarios no tiene sentido discutir porque quedan descontados, como los efectos sobre el cuerpo externo, como la delgadez, la elegancia, o una musculatura visible o los efectos sobre el cuerpo interno, como la salud o el equilibrio psíquico…”


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